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San Diego conserva la solidez de sus muros y columnas de piedra del siglo XVII. Se conecta por medio de patios interiores con galerías conformadas por arcos en la planada baja y pórticos cerrados en las plantas altas, los corredores superiores se iluminan con teatinas y lucernario. En la planta baja los muros casi en su totalidad son de adobe. En la planta alta la estructura es de madera y de bahareque que es una mezcla de carrizo y barro. Los cielos rasos son de carrizo, zuro y barro.

El Convento de San Diego era la antigua Recoleta de la Orden Franciscana. Es la primera Recoleta del Ecuador, fundada el 29 de enero de 1597 por el Padre Bartolomé Rubio y, la segunda en Sudamérica; la primera está en el Perú, la de Nuestra Señora de los Ángeles de Lima, en el Rímac, (fundada en 1592).

Sus paredes guardan preciosos lienzos con alegorías de la pasión de Cristo, de la Asunción de la Virgen María y de la vida de castidad y pobreza de santos como San Francisco de Asís y San Diego de Alcalá, patrono del Convento. Tiene gran riqueza en lienzos, esculturas, textiles y platería. Las obras llevan el talento de la Escuela Quiteña de los siglos XVII y XVIII.

Piezas que resultan de gran interés son el púlpito, un ejemplo de la ornamentación barroca del siglo XVIII; la imagen de la Virgen de Chiquinquirá; y el Crucifijo por sobre el cual el bohemio Padre Almeida salía a sus jaranas nocturnas.

La exigencia en la preparación espiritual de los religiosos obligaba que sus recintos, a los que se llamó recoletas, fueran construidos en "edenes" lo más alejados del mundanal ruido. Así, el Convento de San Diego, ubicado actualmente hacia el sur de Quito, se inscribe en esta línea. Inició su construcción a finales del siglo XVI. En 1598 la Orden Franciscana obtuvo del Cabildo civil y eclesiástico de Quito la autorización para levantar la Recoleta, bajo la dirección del Padre Bartolomé Rubio. Entre este año y 1602, quiteños acaudalados donaron los terrenos, logrando una extensión de tres cuadras.

Hacia 1603 se había concluido la iglesia, y el convento estaba en fase avanzada. En 1626 los patios internos del claustro habían sido concluidos. Y los anales del Cabildo civil señalan que por 1650 San Diego ya oficiaba como una casa de retiro para "veinte religiosos de penitente vida". Todavía faltaban pequeños detalles, por lo que en 1689 fue nombrado "Obrero Mayor" de la construcción el famoso Padre Manuel de Almeida. San Diego toma más fuerza mítica por la presencia de otro héroe del imaginario quiteño: Francisco Cantuña. Si bien él pinta como constructor del atrio de San Francisco, sus manos nunca estuvieron allí, sino en San Diego, donde hizo algunos trabajos pequeños de cerrajería por los que cobró siete pesos.

Hacia la mitad del siglo XVIII (1750), el Convento fue concluido totalmente, con acabado impecable, según cuenta el viajero inglés William Stevenson: "Casi oculto en medio de los árboles y de las rocas este retrete es de los románticos. Se ha puesto especial cuidado en que este edificio aparezca como una ermita aislada. Es tal vez en todo el Nuevo Mundo la morada que más conviene al retiro religioso..."

La sola concepción arquitectónica del Convento de San Diego ya es un referente patrimonial. No obstante, al interior las joyas son mayores. Como el artesonado de estilo mudéjar que adorna el cielo raso del presbiterio. El púlpito principal de la iglesia también es un magnífico tesoro. Su ornamentación guarda la impronta del barroquismo del siglo XVIII y su diseño presenta un cáliz junto a una vid que asciende entre columnas salomónicas.

INFORMACIÓN

Gral. Francisco Farfán Oe 9 y Chimborazo

QUITO - ECUADOR

02 3 173 - 185

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